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ISSN 1989-4163

NUMERO 87 - NOVIEMBRE 2017

Lucía

Javier Neila

Meto la pistola en su funda después de ponerle el seguro, y arrastrándome con sigilo vuelvo al embudo de artillería, buscando la desenfilada para que no me vean los centinelas rojos. Compruebo que el puñal de trinchera que le gané a las cartas a aquél legionario italiano del CTV sigue en la caña de la bota. Está manchado y le quito la sangre con la pernera del pantalón.  En el agujero me esperan Ginés, “Mona” y “El Pulga”, mis hombres más despiadados. El resto de lo que queda de mi sección -11 jinetes sin caballo pertenecientes al Regimiento de Cazadores de Taxdirt n.º 8, liderados por el Brigada Martos- esperan 50 metros atrás, en una posición elevada, cubriéndonos las espaldas en tierra de nadie.

Esa noche la hemos preparado a conciencia, desde que me encomendaron la misión días antes. Todos hemos quitado de nuestro equipo cualquier cosa que brille o haga ruido. Incluso les he pasado revista, justo antes de salir, haciéndoles saltar delante mía, como monigotes de circo, para estar seguro de que ningún ruido nos pueda delatar. Hemos dejado atrás las latas metálicas de las máscaras antigás, los cascos de acero, que tan reconocible silueta dibujan en el horizonte…cantimploras medio llenas, medallas, cadenas, monedas, relojes, virgencitas, santos y escapularios…todo lo que brille, suene o tintinee hay que desecharlo…sólo el Brigada y yo llevamos reloj, debajo de la manga y una brújula en el bolsillo; además hemos ennegrecido las hojas de las bayonetas y nuestras caras con humo de velas y corcho quemado. Algunos llevan fusiles y un par de naranjeros, por si la cosa se tuerce, pero la mayoría portan sólo pistola y bayoneta, menos el moro Saif “El mudo” que de arma blanca porta la gumía que le regaló su padre cuando se alistó al Ejército Rebelde; el mismo padre que años antes le había arrancado la lengua con unas tenazas al rojo por usar el nombre de Alá en vano. Mis compañeros de embudo, todos gitanos, han preferido llevar sus navajas de muelles, con las que se desenvuelven - lo sé perfectamente- con más soltura. Imprevisibles pero fieles hasta la muerte, los tres primos del Sacromonte son gente acuchillada donde las haya, con quienes me atrevería a enfrentarme al mismísimo Belcebú para cortarle los pelos de la barba, si fuere menester.
En los golpes de mano todo depende de la rapidez y del silencio, y aunque a veces se pase frio, lo normal es ir ligero de ropa… “Ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar” que diría años antes Antonio Machado, en sus “Campos de Castilla”; lectura favorita en las tediosas tardes que abundan en una guerra...fiel compañero desde el inicio de la guerra, hace ya dos años, cuando me lo regaló Lucía Rivas, que cansada de esperarme y ante mi torpeza, decidió regalármelo como muestra de una amistad que, para mi pesar, sólo habría de quedar en eso.

Llevamos un rato pendientes de los centinelas y ya les hemos cogido las vueltas. Solo hay que tener paciencia y esperar. La noche está cerrada y el frio y la humedad han empezado a subir. Su atuendo los delata como milicianos, lo que me tranquiliza, pues su formación militar es nula y son ruidosos y previsibles. Llevan brazaletes de la FAI, que junto con las milicias de la CNT forman la cabeza de una columna anarquista, con sede en Bujaraloz, que extiende su control por gran parte dura región de Los Monegros. Para nuestra suerte, además, alguien pone en el fonógrafo una canción, que enseguida es coreada por algunas gargantas:

“Si me quieres escribir,
Ya sabes mi paradero:
Tercera Brigada Mixta,
Primera línea de fuego.
Aunque me tiren el puente
Y también la pasarela
Me verás pasar el Ebro
En un barquito de vela…”

Soy el primero en descolgarme sobre el parapeto enemigo, entre los sacos terreros y el alambre de espino; me siguen a poca distancia los tres calés. Muy despacio, me aproximo por la espalda al centinela del que me debo de ocupar, el que acaba de empezar a hacer la segunda imaginaria. Estoy justo detrás de él y aún no sabe nada. Le podía haber tocado el primer turno de guardia, el tercero o el cuarto. Pero le ha tocado el segundo, y eso le pone a él entre la misión y yo; entre mi espada y su pared; entre mi cara y su cruz. Ahora todo es cuestión de tener suerte pues los naipes están sobre la mesa. Mi objetivo es extranjero; un eslavo mucho más alto que yo, con lo que no puedo taparle la boca para rebanarle el cuello con facilidad. No había pensado eso, pero me la tengo que jugar -no tengo más opciones- y le entro por los riñones. Tres mojadas son suficientes. Como me temía, se le escapa un grito sordo antes de que tenga opción de ahogar el estertor de su agonía con mi mano izquierda y sentir su expiración mientras se escapa su alma cálidamente entre mis dedos. Es triste morir tan lejos de casa, pienso. Afortunadamente para mí, el final del pasodoble del fonógrafo ha atenuado el lance a mi favor. Cuando creo que todo está bajo control, escucho una voz de mujer con marcado acento aragonés.

- Aleksy cariño, ¿Estas bien?

Una miliciana de cuerpo menudo se me aparece de la nada, por la zona más iluminada del blocao, saliendo de un minúsculo cobertizo hecho con chapa ondulada de apenas un metro de altura; se incorpora e intenta encender un candil de petróleo con fósforos, torpe y somnolienta. Lleva un mono azul puesto hasta la cintura y una ceñida camiseta interior sin mangas de un color que alguna vez fue blanco. Parece que no me ha visto. Enciende al fin la cerilla menos húmeda y es entonces cuando le veo la cara. Sus rasgos son suaves y sus labios perfectos y bien definidos, las paletas graciosamente separadas y el pelo castaño que, aunque lo tiene sucio, le cae graciosamente sobre sus hombros semi desnudos dándole un aspecto pastoril. Tiene ojos pequeños pero profundos, maduros para su edad, con experiencia de vida. Me recuerdan a los de Lucía, de la que ya sólo me queda su recuerdo fugaz y una dedicatoria breve en un libro manoseado. Permanezco allí en la sombra, recordando a un fantasma del pasado mientras absorto miro a esa mujer hermosa, ocultándome junto al cadáver de su singular amante aún caliente; quizás sea ahí donde duerma con su miliciano extranjero de pelo casi blanco cuando se lo permite la guerra. Aprieto el puñal y los dientes mientras saco la 9 Largo de la funda y le quito el seguro. La música ha cesado y el “click” metálico de mi pistola cruje en la noche serena, haciéndola girarse, mirando justo hacia donde yo estoy. Desiste de encender el farol, lo suelta nerviosa y saca un revolver del correaje que sin abrochar le cuelga de la bandolera. Se trata de un pequeño “Bulldog” británico de cinco tiros de grueso calibre que apunta a ciegas hacia donde yo estoy, abriendo fuego.

Desde el suelo veo como El Mona le sale por detrás, con una agilidad increíble, y mientras le agarra en tenaza del tambor del revólver -evitando así que pueda hacer otro disparo si aprieta de nuevo el gatillo- le mete su albaceteña en la garganta y la gira, dejándola sin voz y al instante sin vida. La puñalada cruje y la sangre se le desparrama sobre su camiseta blanca en tres o cuatro espasmos…luego su cuerpo cae ajado tras la estocada del matarife, sin apenas hacer ruido, y queda tendida en el suelo con los ojos muy abiertos. Me sigue mirando. Los puñales dejan paso a las pistolas y a las granadas, y en segundos los gitanos destruyen la radio y las tres ametralladoras, que es de lo que se trataba. Lo de llevar a algún prisionero lo dejaremos para mejor ocasión.  Se escucha fuego de naranjero y enseguida veo saltar al Martos y al moro Saif, que desde su observatorio lo han visto todo y vienen al rescate.

El Mona grita “Llevaos al teniente, pero ya” mientras dispara su pistola contra todo el que intenta acercarse. Yo miro al que me ha salvado la vida como si hubiese hecho algo malo. Entre una lluvia de balas y cubiertos por los de vanguardia, llegamos a duras penas y sin aliento todos vivos a tierra amiga.

Pienso en los ojos de la miliciana, que en el delirio me da por llamarla Lucía, mientras me evacúan en camión hacia el Hospital de Sangre de Zaragoza, con un tiro en el estómago. Quizás me salve porque iba en ayunas. Pienso otra vez en las dos Lucias y en sus miradas. Y es que, aunque cada uno hace el viaje con las maletas que quiere, el recuerdo de las muertes inútiles siempre es lastre para los que siguen vivos.

 


Lucía

 

 

 

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